Cuando nos regalan tiempo...


Queridos todos,

Hace muuuuuucho tiempo que no os escribo, y es que me han pasado muuuuuuuchas cosas desde entonces. La última y más absurda, razón por la que no os he escrito antes, desde que recuperé mi vida "normal", es que había perdido el cargador de mi ordenador entre las cajas de la mudanza, doblemente absurdo es que lo encontré y pensé "qué suerte", últimas palabras antes de entrar en una nebulosa de despiste, así que lo volví a perder cuando ya no quedaban cajas por abrir y hace dos días opté por comprar otro online, porque el mío aún está riéndose de mi, en mi cara.

He empezado por lo absurdo, porque ahora empieza lo grave, que por grave, ha sido también, en muchos momentos, absurdo.

En modo cuento podría empezar por érase una vez, una noche, la noche antes justo de mudarnos, una noche en la que Felipón empezaba por su segundo herpes con epilepsia a tope en menos de un mes, cuando recibí la llamada de mi tío Pedro diciendo que mi madre había tenido una disección de aorta y que la situación era muy grave. Cogí las gafas, dinero y las llaves del coche, me despedí de Felipe y de mis hijos sin saber cuando les volvería a ver, sabía que las fronteras entre Portugal y España estaban a punto de cerrarse (Candela lloraba desesperada), y salí disparada. Al volante hice dos llamadas, una a mi amiga Jimena, médico, maravillosa hermana y amiga, heroína de las que no duermen desde hace más de un mes que me dijo que se iba a ver a mi madre en ese instante. Y a otro de mis tíos. Después me llamó la médico que estaba atendiendo a mi madre en urgencias para decirme que probablemente moriría antes de que yo llegara y que además no había sitio ya para ella en la UCI del hospital donde podrían operarla de algo así.

                        

Milagro había sido que mi madre llegara con vida al hospital 10 horas más tarde de que le ocurriera la disección de aorta, sola de noche en su casa, y milagro que se la detectaran cuando los análisis y las imágenes en urgencias, de su estómago, de donde ella se quejaba de dolores horribles, eran normales. Gracias al Covid 19 pasaron el ecógrafo por los pulmones, por si lo que tenía fueran síntomas del virus y ahí lo vieron. Me explicaron días más tarde que se quedaron blancos. Normalmente una persona se muere en 20 o 30 segundos, pero un coágulo le había taponado el resto de la hemorragia.

Decidí conducir tranquila las 7 u 8 horas que me quedaban por delante, en plena noche. No podía hacer nada y ponerme a llorar o gritar no solucionaba nada y no llegaría a Madrid. Mi madre es un eje en mi vida, por muchos motivos. Soy hija única, mis padres se separaron cuando yo tenía 5 años y me fui a vivir a Madrid con ella. Una mujer, como muchos que me leéis o conocéis ya sabéis, fuerte, valiente, inteligente, optimista y con mucho carácter. También sabéis que estoy convencida de que las personas que nos rodean son nuestros grandes maestros y con mi madre he caminado por muchos de esos senderos de maestría, para aprender a gestionar mis emociones y luchar, cuando aún pensaba que luchar era la solución, por encontrar mi espacio dentro del suyo, cuando aún vivíamos juntas. Nada fácil. Pero también me ha educado y me dado gran parte de lo que ahora tengo y soy. En todos los sentidos.

                               

Mientras conducía, igual que cuando me quedé embarazada de Felipón y me dijeron que tenía seis lesiones cerebrales, me pregunté que podía hacer yo para ayudar a resolver la situación, de la mejor manera posible. Y ahí está la clave. Cuando pregunté, me llegó la certeza. La mejor manera no es muchas veces la que pensamos que es la mejor manera. Puede que la Vida tenga algo mejor para nosotros. Dios sabe más que yo, seguro. Así que me entregué, y como hija, en la medida que podía corresponderme, la entregué a ella también.

Supe en ese instante, porque lo vi y lo sentí, con certeza abismal, que se estaba decidiendo qué hacer con su vida, como quien observa a escondidas las dilucidaciones de un antiguo tribunal de hombres juiciosos y sabios. Dejar que se fuera, dejar que su alma saliera para siempre de su cuerpo y descansara en esta encarnación, o dejar que su alma se quedara para hacer lo que tuviera que hacer aún aquí. Y pedí entonces que se quedara, sin imponer, sólo como petición que pudiera tenerse en cuenta, y que si se quedaba, por favor, supiéramos ambas aprovechar los tiempos como merecen. Se trataría de una segunda oportunidad, era claro, y sólo así tendría sentido todo.

Jimena me dijo a eso de las 22.00 h que había hablado con mi madre antes de irse y que estaba tranquila. Dejó dicho a las enfermeras que yo llegaría sobre las 3 de la madrugada, y que si a esa hora aún vivía, por favor, me dejaran pasar a darle un beso. Así fue. Mi prima Beatriz habló conmigo por teléfono las dos últimas horas de mi viaje para que no me durmiera (los últimos días tampoco había podido dormir mucho con los dolores en la boca de Felipón). No quería parar a descansar, nunca me perdonaría no haber llegado a ese último beso. Gracias Bea. Siempre tan presente. Y tú tan fuerte, y grande, sin saberlo.

Mi madre dormía cuando entré en la UCI a las 3 en punto y bajé a dormir el resto de la noche al coche. A las 7 de la mañana me dejaron volver a verla, ya despierta. Tranquila se sorprendió al verme. Ahí me di cuenta de que no era consciente de su gravedad. Hablamos como si nada y yo le sonreía, como si nada. Sabía que la iban a operar, pero ni ella preguntó ni yo le dije. A las 14.00 h entró en quirófano y nos despedimos. El cirujano cardíaco, un maravilloso Doctor Maroto, nos dijo (escoltada por mi tío Juan, médico, y mi tío Pedro) que probablemente no sobreviviría, sólo una persona de cada 10 lo hacen a una disección de aorta de ese tipo, y muy pocas a la operación, que duró ocho horas, o a las posibles complicaciones que derivan de ella. 

Mis amigos estuvieron presentes en todo momento, al principio en persona, se acercaron al hospital. Pero para hacer las cosas más difíciles aún, poco a poco se fueron retirando a sus casas por miedo a contagiarme y ser portadores asintomáticos del virus. Las enfermeras y médicos poco a poco también comenzaban a ponerse mascarillas. La sombra del Covid estaba cada vez más presente. Las UCIs se llenaban y las noticias eran más alarmantes. Tiempos y rompecabezas que tejen a su antojo nuestro destino con hilos invisibles en una sintonía perfecta.

Pero aún así nunca me sentí sola, al contrario, me sentía cerca de cada una de las personas a las que quiero. No hay distancias.

Estos años además me han servido para encontrarme y saber que yo soy mi mejor compañía. Y las largas noches a las que me enfrentaba no me han dado miedo. Sabía que todo era una prueba, lo he vivido con toda la perspectiva que consciente e inconscientemente he podido. Y he llorado. Y he sentido el sabor y la tristeza de esas lágrimas. Y la desesperación en ciertos momentos en los que me parecía estar tocando el límite. Sin dormir, compañera en cada crisis de mi madre, en sus miedos, angustias e incertidumbres. Responsable de no contagiarme y no contagiarla. Y me he reído, sola, y con ella. A carcajadas. Bien lo sabe Dios, con tantas ganas que me ha dolido la tripa. Y aún lo hago a diario, sobre todo cuanto más va recuperando ella su sentido del humor. Porque entre otras razones tengo la suerte de tenerla en casa , conmigo, y de saber que nos hemos reencontrado, sin más.

                         

El médico nos dio de alta antes de lo que lo hubiera hecho en una situación semejante, el Covid nos rodeaba implacable. Mi madre vino a Portugal conmigo, el doctor Maroto la quería lejos de allí, y así atravesamos pueblos y fronteras acompañados por un batallón de ángeles de la guarda que lo hizo posible. Ella estaba muy débil pero aguantó las ocho horas correspondientes. Y tras dos o tres días en casa, más débil aún que cuando llegó, sin dormir, sin casi comer, de pronto desconectó y comenzó a decir palabras incoherentes que me dejaron helada. Me había hecho prometer días atrás que nunca la dejaría  de nuevo en el hospital, lo pasó horrible en la UCI, por muchos motivos, y aquel testamento en vida se me había grabado a fuego.

Dudaba si sacarla de casa, más aún porque podía infectarse en los hospitales. No pasaban consultas tampoco para que la vieran. Qué hacer. Realmente era de locos. Esa noche, a la 1 de la madrugada, la convencí después de que un médico amigo me dijera por teléfono que ese cuadro podía estar producido por microinfartos cerebrales o ictus. Entre incoherencias y lucidez, llegamos al hospital más cercano. Me preguntaron si tenía síntomas del virus, dije que no. La tomaron la temperatura. Horror. 38.6 C, cuando en casa esos días no había tenido fiebre. No se pueden quedar aquí, fueron tajantes. Llamé al Dotor Trujillo, maravilloso neurocirujano de Sevilla, quien a pesar de las horas contestó al teléfono y sin dudarlo me dijo que la llevara a Huelva. De nuevo atravesamos la frontera.

Ya en el Hospital Juan Ramón Jiménez la dejaron ingresada en la planta de infecciosos y hasta muchas, muchas horas más tarde, no supe nada de ella. Descartaron que estuviera contagiada por Corona Virus. Pero tenía una grave neumonía nosocomial, que había contraído en el quirófano, y estaba intoxicada por las anestesias y la cantidad de ansiolítios que había tomado desde la operación en Madrid. Descubrimos que es intolerante a gran parte de ellos. Con ese cuadro me volvieron a decir que lo tenía muy complicado. Y que yo esperara en urgencias, como hasta ese momento, sola y sin comer desde hacía dos días porque la cafetería estaba cerrada.

Nuevamente, mi corazón, al que me conecté en todo momento, y mi gente, me ayudó a recuperar la calma cuando la creía totalmente perdida. Y me permitieron también recibir a mi madre con una nueva sonrisa cuando poco a poco fue resucitando de nuevo, ya en la habitación.

Estuvimos en el hospital una semana. Compartimos habitación con Pilar y su hija, Pilar, quien me acaba de escribir para decir que su madre también mejora. Qué suerte estar con ellas. Y volvimos a sentir que la amenza del Covid nos cercaba. Algunas de las habitaciones de arededor estaban ya infectadas y los médicos y enfermeras trataban desesperados a tanta cantidad de pacientes sin demasiados medios ni mascarillas.

                       

Pude volver a abrazar a mis hijos un mes más tarde. Y pude abrazar también su risa y sus ganas de vivir. Felipe ha hecho malabares este tiempo para hacerlo todo solo, los caballos no descansan ni en estado de emergencia.

La recuperación de mi madre ya es un hecho, y poco a poco desaparecen sus miedos. Aunque no se acuerda de todo, su cuerpo no olvida tan fácilmente y las noches han sido para ella una auténtica pesadilla, sin dormir ni descansar. He sido su hija y su terapeuta dándole paz y sosiego con las manos y con mi propia paz. He aprendido tantas cosas este mes... y ahora mi misión,  como lo es la vuestra, es aprender a gestionar a diario mi caos y el de mi casa sin morir sepultada por el peso de la ropa sucia, la lavada y los deberes, los juegos y los gritos de tres niños, encantados por cierto de tener a la abuela más cerca que nunca.

Si os cuento todo esto es porque se han reforzado en mi, más aún si cabe, aquellas enseñanzas que voy aprendiendo y que mi hijo Felipón, y sus hermanas de refuerzo, me han recordado en el corazón y despertado en el alma desde hace años. A practicar la humildad, a saber que no tenemos la última palabra, que no controlamos todo lo que ocurre fuera, sólo como nos sentimos ante ello, y que debemos entregarnos a un bien mayor que el nuestro propio; a practicar el agradecimiento, para mi una de las llaves que más puertas nos abren dentro y fuera de nosotros; a practicar la respiración y la meditacion como camino de retorno, y sobre todo, a sentir con fuerza la necesidad de dar amor y recibir amor y practicar a diario la ternura y la escucha. Empezando por nosotros mismos. De eso no nos vamos a arrepentir nunca.

Ha tenido nuevamente que pasarme algo tan fuerte, o tantas cosas juntas, para remover mis cimientos otra vez y encontrarme esta vez más madura y serena. Para que caigan más barreras y muros, para que desaparezcan más aún mis ganas de pelear con la vida y con las personas que quiero, para que me de cuenta de lo grandes que somos y lo grande que es la Vida que nos ha sido dada, para ser feliz y valorar lo necesaria y curativa que es la risa, para darme cuenta de que todos somos lo mismo, para reconocer a la primera a quienes aparecen como por arte de magia en mi vida.

Y como no, para ser consecuente y disfrutar de lo que tengo, cuando lo tengo. Para cuando eso ya no esté y no haya tiempo.

                        

Espero que hayáis estado bien. Pido por quiénes habeis sufrido la enfermedad, el miedo, la muerte, la soledad, la tristeza, la violencia, el desempleo, la impotencia... y agradezco infinito a todos los que estáis ahí cada día, ayudándonos a salir de todo ello.

Deseo que este virus nos sirva para mejorar, a cada uno de nosotros y como planeta, a hacernos más humanos y más conscientes.

Y agradezco el tiempo que nos han regalado pues aún teniéndolo, no lo teníamos.

Gracias

Besos a todos

P.D.: Os dejo un enlace a un vídeo que me pidieron  en la editorial hace unos días con mis reflexiones sobre los niños, nuestros maestros. Fue lo primero que me salió, de corazón.





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